Cada vez que un individuo de cualquier edad, sexo,
cultura y condición social se sitúa en la oscuridad de una sala de
cine, ocurre la magia de la conversión a la infancia: ingenuos,
desprejuiciados, imprevisibles, dispuestos a dejarnos llevar de la
mano por el dios de la vivencia humana, más allá de la moral, las
ideologías y las estructuras sociales. En ese momento íntimo y
colectivo nos atrevemos a reír con la boca muy abierta, ahogarnos
en el llanto que siempre nos prohibieron, dejar brotar nuestros
sueños más oscuros, dar vida al impudor de los deseos.
Y cuando ese individuo sale de la sala de cine
secándose las lágrimas, acomodándose el vestido, midiendo sus pasos
para no caerse, afinando la vista para reconocer el mundo real que
le amordaza los sentidos y le limita los alcances, lleva cargando
en sus hombros el peso de la experiencia vivida, que aunque fue de
un par de horas, parece de siglos, y carga también la melancolía de
ese lugar negado dentro de si donde él es protagonista de la
vida.
La intensidad de la experiencia que produce el
espectáculo cinematográfico lo convierte en el más poderoso
instrumento de desarrollo y transformación interior… o en una
peligrosa arma de intromisión en el subconsciente.
El cineasta español Luis Buñuel sostenía que cuando
los hombres comprendiéramos el verdadero poder de la pantalla de
cine, explotaría el mundo.
Se refería, quizás, al estallido liberador que
produciría un espacio de ficción en el cual los seres humanos
pudieran indagar y discutir consigo mismos y con otros los
complicados resquicios del subconsciente social e individual, y
pudieran poner a prueba los actos que el tiempo, el espacio, la
época y la vida social condenan a una existencia oculta y
angustiosa en el interior de nuestro espíritu.
Un espacio de generosidad y desnudez en el que los
hombres pudieran abrir su mente y mostrarla a los otros.
Un espacio sin censura donde los hombres reconocieran
su naturaleza, la midieran, la aceptaran, la recrearan, la
entendieran y la potenciaran para regresar, bondadosos y confiados,
a la vida real.
Se refería, quizás, a la explosión del mundo interior
que inundaría la vida humana de fantasía, irregularidad, fe y
espiritualidad.
Esa clase de riqueza que poseen quienes protagonizan
cada momento de sus propias vidas.
Lissette Cabrera,
Rectora
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